23.1.05

Chevrolet llega a España como una brisa de polvo: molesta, pero hay poco detrás. Carteles por toda la geografía nacional -me encanta la expresión-, anuncios en la tele, patrocinios de caras famosas... Lo que importa es dar a conocer la marca; por eso en los carteles no aparece automóvil alguno, sólo el famoso y poco afortunado logotipo en forma de cruz y una dirección: chevrolet.es. A 23 de enero, con dos semanas largas de campaña ya, la web no está operativa. Mejor aún: el dominio ni siquiera está registrado. Por tanto, General Motors se deja una auténtica pasta en conducir a la gente a una web que nadie se ha preocupado de poner en marcha.

Segundo: no llega Chevrolet, se va Daewoo, que por cierto tenía un logo mucho más majo. La gran operación se reduce a cambiar la chapita a los coches. Los Daewoo pasan a llamarse Chevrolet, en un curioso ejercicio de descontextualización de marca ¿Te acuerdas de cuando llegó Daewoo a España? Tenían dos modelos: el Nexia y el Aranos, sendos restylings de los Opel Kadett y Vectra, respectivamente. Eran baratos y levemente ochenteros, bastante fiables. Fueron los primeros coches coreanos en el país, antes que Hyundai y Kia. Daewoo se afianzó porque vendía un coche grande a precio de coche no tan grande. Hyundai atisbó en el horizonte el advenimiento de la Segunda Edad del Tuning y triunfó con su terrible Coupé. Kia... Kia tenía a Antonio Resines, que no es poco.

Ah, lo de la descontextualización. Chevrolet tenía una humilde imagen de marca en España. Humilde, sí, pero valiosa ¿Qué coches de Chevrolet conocemos aquí? El deportivo Corvette y el elefantiásico Tahoe. Por tanto, Chevrolet era una curiosa y nada proletaria marca de nichos. Por alguna razón, ha preferido ser otra marca coreana.





9.1.05

-Le repito, señor Corona, que no hemos encontrado nada.
-Eso es malo.
-No necesariamente.
-Parece no comprenderlo, ¿eh? Es malo, doctor. Porque la chica está preocupada. Si ella está preocupada, yo estoy preocupado. Y si yo estoy preocupado, usted debería estarlo.

Mirada de duda.

-Mire, le diré qué podemos hacer. Conozco a un especialista que... le daré su dirección.
-No.
-¿Qué?
-No me va a echar de aquí. Es usted el médico de la chica y la va a tratar. Y la va a curar, tenga lo que cojones tenga. Y después nos iremos los tres a cenar a algún japonés, ¿de acuerdo?

Sonrío. Él palidece de seriedad.





4.1.05

1. Abre el Paint y traza con el lápiz una línea en el mapa. Una línea irregular, de cinco a diez centímetros, sobre la tierra firme e iluminada. Asume que en el pequeño universo que hay dentro de cada pixel sucede una enorme tragedia al paso del cursor. Las casas caen sobre sus habitantes, se abren enormes agujeros en la tierra, el agua arrasa los restos. Cada píxel dibujado será borrado, pero los contiguos ni siquiera notarán la diferencia.

2. Ahora dibuja un círculo relleno, poco mayor que el propio cursor, en cualquier parte del mapa. Si cae en el mar, vuelve al punto 1. Los píxeles dibujados en este caso están todos juntos, en una misma zona, tal vez en un solo país.

3. Expuestas las diferencias entre terremoto y tsunami, un paso más allá: los ciudadanos de la mayor parte de las zonas iluminadas en azul o blanco desean vivir en las zonas verdes. Los de éstas, a su vez, desean olvidarse de vez en cuando del color verde, incluso del amarillo o rojo, acudiendo al turquesa de las playas. Nunca al negro.

4. Una zona negra se extiende entre los deltas del Tigris-Éufrates y del Indo: es Irán, el país más antiguo del mundo, uno de los más jóvenes. Allí dibujaron un pequeño círculo exactamente un año antes de la línea que ha recorrido las costas del Índico oriental.

5. No tengo ni idea de cómo maneja la tragedia la cultura islámica. Frente a la resignación católica o la abulia africana, dos países musulmanes como Indonesia e Irán nos ofrecen la posibilidad de descubrirlo. Ninguno de ellos es árabe, cuando ya parecíamos habernos olvidado de la multiculturalidad del islam. Irán tiene su propia rama religiosa desde el comienzo y profesa oficialmente una antioccidentalidad semejante al orgullo del pobre; Indonesia se vende a los ricos: vende a sus niños, ya sea para sexo o para fabricar balones, vende sus playas, su sol, su agua y su aire.

6. Cuando el píxel de Bam quedó arrasado, el de al lado estaba exactamente igual. Y el de más allá. Los supervivientes podían caminar horas en busca de atención médica, techo, comida y agua, para acabar en el mismo lugar: rodeados de ruinas, en un píxel muerto sin hospitales, comida ni agua.

7. Los occidentales no sabemos qué pasa dentro de Irán, pero conocemos muy bien las costas del Índico. El caminante iraní recorre las ruinas entre montañas sintiéndose la última persona viva; pero está muerto para nosotros, los ricos con helicópteros y médicos. Un año después, asistimos las costas asiáticas con portaaviones.

8. No conocemos a los iraníes. Su gobierno no puede ofrecer nada a los nuestros. Viven entre montañas desérticas, pasando frío en invierno y calor en verano. En cambio, conocemos perfectamente a los indonesios: son serviles, sonrientes y hacen lo que sea por diez dólares. Además, viven en unas preciosas playas de aguas cristalinas en las que siempre es primavera.

9. Hay quienes ven una clara conexión entre las maldades que le hace el hombre blanco a la naturaleza y la destrucción de la infraestructura turística sudasiática. Arrasamos bosques, envenenamos el agua y el aire, por tanto, la Naturaleza con mayúscula se cabrea y nos la devuelve, ¿no? Pues no. Un terremoto, por ahora, no admite influencia humana. A las placas tectónicas no les va a afectar que mañana cojamos todos el coche. Un terremoto es tan inexcrutable, imprevisto y omnipotente como una gigantesca línea al azar sobre un mapa del mundo que nos borra, píxel a píxel.