10/14/2004 05:43:05 AM|||paaq|||Mi nuevo teléfono tiene melodías polifónicas, y juegos, y admite imágenes en colorines. Tiene texto predictor e infrarrojos. Mi viejo teléfono, muerto durante una conversación extremadamente romántica, no tenía nada de ello.

Mi nuevo teléfono tiene más cobertura, y más batería. Es algo más pequeño y bastante más ligero. No me acostumbro a que la boca quede tan lejos del micrófono o a que ocupe en el bolsillo menos que el paquete de clínex. Las teclas, dos más que en el viejo, se me hacen algo pequeñas. En su flamante pantalla polícroma no se ve nada a no ser que se active la luz.

Mi nuevo teléfono es azul, y no me gusta. Nunca me planteé la estética del anterior, porque no podía cambiarla. Pero ahora pienso en comprar una cáscara de teléfono blanca.

He intentado aficionarme al único juego que trae de fábrica: uno de ajedrez. De pequeño jugué mucho al ajedrez. Seguramente poco para los estándares de un jubilado moscovita, pero debí disputar mis buenas trescientas o quinientas partidas. Lo sensacional es que no recuerdo haber ganado una sola. Ni una. No sé qué se hace para ganar, soy disléxico para el lenguaje del ajedrez. Así que mi teléfono nuevo me tortura con un juego al que jamás le ganaré.

Pareciera que mi teléfono se toma demasiado en serio su imagen. Sus líneas suaves denotan que es caro. Y lo es, para no tener cámara ni bluetooth. Es apreciado socialmente cuando lo saco del bolsillo. Mi móvil es un triunfador según los estándares neoliberales.

Yo le pregunto por qué no podemos ser amigos. El maldito aparato me recuerda que es sólo un canal comunicacional.
|||109772550590987151|||