6/20/2004 06:54:41 AM|||paaq|||He recorrido un anochecer de cien kilómetros. Sentado a la ventanilla del autobús, sin música, sin libro, sin bolígrafo. He visto un paisaje (playas y sol, casas colgando junto a la playa de la montaña sobre el mar) transformarse en una tierra aplastada contra el cielo.

De noche (al anochecer) bajan la nubes, no lamen la cumbre de las montañas; llenan todo el espacio. Y no queda sitio para nosotros, salvo en casas solitarias al borde de la carretera (¿quién puede vivir ahí?) que mantienen desafiantes una luz encendida junto a la puerta.

¿Tan grande es el cielo? Tanto. Lo descubro cuando baja hasta hacerle el amor a una tierra que empequeñece. Tan grande, tan denso y tan opaco que sólo percibo su enormidad porque me aprieta dentro.

Olvídate de lo que has vivido. Olvídate de las horas que han pasado desde que te despertó la luz del sol en la cara. Olvídate de la comida en la terraza, del paseo por el puerto, de las gafas de sol y de las sandalias. Olvídate del ánimo con el que has vivido el lugar y el tiempo que hayas vivido hoy. Se hace de noche.

Un mesón junto a la carretera. Parrillada nosequé. Dos camiones aparcados. Media docena de faroles. El espectáculo más alegre de la noche.

-Farolas... ¿encendidas o apagadas?
-Si estuviesen apagadas ni me lo plantearía.

Prefiero pensar en esas solitarias luces encendidas como uuna heroica resistencia cotidiana, y no que la sólida masa negra de la montaña es en realidad un universo de cobardes bombillas apagadas.

-De todas formas, sabes que es así.
-Ya. Y pierde todo el sentido poético.|||108770734139606925|||