5/30/2004 06:00:00 AM|||paaq|||Hoy me gustaría tratar el tema de la excelencia. Stephen Jay Gould, en Brontosaurio y la nalga del ministro, rememora sus años en el coro de su colegio brooklyniano. Es sin duda el ensayo más insufrible del libro -un libro delicioso, por otra parte-, pues describe minuciosamente la actitud del director del coro: excelencia. Eso significa expulsión inmediata de quien tarareara una canción rock en presencia del director, expulsión inmediata de quien desafinara medio tono... expulsión inmediata, en fin, de quien cometiera un fallo. Obviamente, el citado director me cayó especialmente mal, al ser un tipo que exigía cualidades vocales profesionales a chavales de catorce años.

Quedar, quedamos en Sevilla, con esa desvergüenza madrileña de nombrar las partes de la ciudad como, a su vez, ciudades o incluso países sometidos -Colombia, Quito, Bilbao-, y no es que llegáramos tarde. Pero la verdad, un sábado como el de hoy, con las calles llenas de gente, era utópico pensar que el japonés no iba a estar a rebosar. No sé cómo estaba, porque fuimos incapaces de encontrarlo. A cambio, dimos vueltas en torno al congreso, preguntando en cada bar, hasta que nos paramos frente a una puerta de madera clara.

-No es el nuestro.
-Es japonés.
-Parece caro.
-Bueno... el sushi vale en todos los sitios lo mismo.

He de admitir que la comida era cara, treinta euros cada uno, pero eso no importa. Ni siquiera importa que sustituyéramos el sushi por un trozo de carne de Kobe. No... no importa que el servicio fuera excelente, la comida deliciosa... no importa nada de eso. Se supone que hemos venido a hablar de la excelencia.

-Alguna vez...
-¿Sí?
-¿Alguna vez has cocinado algo, y cuando lo servías en la mesa has pensado "es imposible hacerlo mejor"?
-Eh... no. Claro que no.
-Este tipo lo piensa todos los días.

El primer plato fue el más barato, un hiyaki. Marmita de algas con pollo y nabo. Probablemente hayan sido los cinco euros mejor gastados de mi vida. Luego tomamos un atún con salsa picante.

-No pienso volver a comer sushi nunca más.
-¿Tendrán esto en todos los japoneses?
-No pienso ir a ningún otro restaurante.

Después trajeron la carne, un trozo de cuartokilo que tuvimos que trocear con cuchillos de niño. La excelencia... es la carne de Kobe. No puedo usar aproximativos hablando de este tema. La excelencia es la carne de Kobe y lo tomas y no lo dejes, quiero decir. No sabe a algo que no haya probado en mi vida... de hecho, sabe a carne de ternera. No sabe infinitamente rica. Sólo sabe mejor que cualquier otra carne que haya probado. Lo que es más grave: sabe mejor que cualquier carne que vaya a probar el resto de mi vida. Y es eso lo que pienso mientras mastico. Y hace tres minutos que he comido un atún que no me dejará dormir de lo rico que estaba, y hace siete que comía unas algas...

Es difícil, tratar el tema éste de la excelencia.

El caso es que después de la carne pedimos un té. Después del té nos invitaron a sendas trufas de té verde y a chupitos de licor de ciruela. A aquellas alturas estábamos terriblemente suspicaces con respecto a lo que nos metíamos en la boca. No podía estar todo perfecto. Nadie ha ido jamás a un restaurante y se ha tomado cinco o seis cosas inachacables, ¿no?

Cuando probé el licor me cambió la cara.

-Joder. Está rico.
-No. Está perfecto.
-Pero es que todo estaba perfecto.
-Sí...
-No puede estar todo perfecto.
-¿Has comido mejor alguna vez en tu vida?
-No.
-¿Ésta ha sido la mejor cena de tu vida?
-Desde luego.
-La mía también.

-Y mira que me jode, porque he comido en sitios diez veces más caros.

Éramos dos niños que habían descubierto el tesoro de la isla. Caminábamos por las aceras, por las calles del centro, con una sonrisa imborrable, desconocedores de la palabra tristeza. Bebimos sangría, nos impidieron entrar en un par de sitios, conocimos a dos inglesas, nos morreamos en la pista de baile y nos plantaron con la excusa del baño cuando contábamos con follárnoslas en casa. Perdí la chapita del ropero. Me quedé sin dinero en plena barra.

Y qué.|||108589326015470996|||