4/10/2004 12:53:19 AM|||paaq|||Tras dejar la mesa en la furgoneta, me miré las manos. Estaban llenas de sangre. Tanto polvo y tanta mierda me habían destrozado la piel y todo estaba lleno de pequeñas heridas. Fascinado por el color oscuro de la sangre sucia, me senté en las escaleras a contemplar pacíficamente las palmas de mis propias manos. Tranquilamente, ya te digo, una mañana bajo el sol, un tipo mirándose las manos.
-Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. No me queda más piel sana.
-Decía el Tao que no te fiaras de las palmas de tus manos.
-Nunca acabé de hacerlo.
Lo cierto es que me sentía trascendente. Había llegado a algún sitio, no me quedaba un trozo de piel en un estado aceptable.
-Esa sensación tiene un nombre.
-¿Ahá?
-Tocar fondo.
-Oh, vaya.
-Sí.
-Así que es esto...
Carabanchel era el polvo al sol aquella mañana, la acera sucia. Una paloma muerta, mil veces pisada, debajo de la furgoneta. Los contenedores con costra en las esquinas. Todo sucio y todo roto, todo estropeado. Acaricié la pared grisácea. Fue probablemente mi último momento de comunión con Carabanchel.|||108155119908072564|||