28.8.03

Mi madre nos preguntaba si queríamos ir a casa de Marisol o al parque. Siempre decíamos que a casa de Marisol. Allí había una terraza enorme, cuatro primos y una huerta. Una huerta en medio de la ciudad, desordenada, laberíntica, llena de árboles grisáceos, de hierbas raras -nunca sabía dónde pisar- una jungla con un gallinero al fondo. Recuerdo que por lo menos tenían manzanas, porque mi abuelo Cándido intentaba explicarme cómo distinguir los manzanos cuando no tenían las frutas colgando. Yo, niño de ciudad, jamás aprendí la lección.

La casa había sido construida por mi abuelo Cándido. Consistía básicamente en un garaje del que mis tíos alquilaban plazas, sobre el cual vivía la familia. Aun había otro piso más, con un matrimonio de viejos sordos de los que jamás supe nada. La terraza era el techo del garaje que le había sobrado a la casa. La huerta era el suelo de la finca que le había sobrado al garaje.

Mi abuelo Cándido no es mi abuelo. Por una parte, es abuelo de mis primos. Pero también es tío de mi madre, porque mis tíos Marisol y Valentín son primos... es un poco complicado, y total, nunca me importó.

Al fondo del garaje había un montón de leña, junto a la puerta de la huerta. Mi abuelo Cándido me daba una sierra de metal para que me entretuviera con la leña. La sierra de la madera estaba por allí, pero yo no tenía fuerza para manejarla. Tras la puerta estaban las escaleras que subían de la huerta a la terraza. Sólo recuerdo que eran decrépitas.

Creo que fue Alberto quien me dio un mazo. Si no fue él, sería Rosa. Había que tirar abajo el gallinero. Lo recuerdo como un lugar oscuro, pulcramente sucio, con un bebedero de plástico verde, donde había que avanzar despacio para no patear a las gallinas. Pero ya no había gallinas. Las paredes, de ladrillo pelado, en las que mis primos llevaban años dibujando a tiza, cayeron con facilidad -no sé, tendría once o doce años- y por primera vez vi el final de la huerta, una pared de piedra excavada en la roca. Creo que por primera vez me di cuenta de que aquella huerta tenía límites.

El espacio de la huerta se dedicó a ampliar el garaje, que pasó a ser casi industrial. Pero la terraza no creció. El nuevo garaje se cubrió con una uralita gris azulado a la que no podíamos subir y que tenía una irritante querencia por las pelotas con las que jugábamos en la terraza. Como ya dejábamos de ser niños, dejamos de jugar. Mamá dejó de preguntarnos dónde queríamos ir y empecé a ir a donde no quería.

Me acuerdo de las discusiones para decidir quién bajaba a la huerta a por la pelota. Recuerdo los escalones decrépitos, el murete del mismo ladrillo delgado que el gallinero.

Supongo entonces que aquella huerta es mi infancia. Mi patria. La uralita tiene un aspecto de tejado que provoca rechazo visual; en la terraza, nadie coloca en verano la mesa de pinpón -la regalaron al local de los scouts- ni la piscina de plástico. Ya no quedan pelotas de tenis detrás de las macetas, hace tiempo que nadie discute con las vecinas para que nos devuelvan la que nos ha caído en su patio.

Ya sin nada que hacer en aquella terraza, mis primos se hicieron mayores.

Y ahora, mi abuelo Cándido tiene cáncer de estómago. Y va a morir. Mis últimos recuerdos sobre él son de aquellos tiempos, porque después se quedó sordo y era imposible conversar. Tal vez de los últimos diez años sólo sepa decirte que comía cada noche el mismo caldo que le preparaba mi tía Marisol, mientras el resto de la familia cenaba cada noche algo distinto, avanzando en el tiempo, cada vez menos a la mesa a medida que mis primos se iban de casa. Y me parece injusto haberme, habernos olvidado de él durante diez años.

Una vez un médico apresurado diagnosticó a mi primo Gonzalo un cáncer de nosequé. Recuerdo a mis tíos llorando desesperados. Le puse una mano en el hombro a Valentín y me sentí ridículo porque aquello no solucionaba nada. Cuando al cabo de una semana se descubrió que mi primo estaba como una rosa, todo se calmó, y entonces creí que era una terrible traición el que Gonzalo no se hubiera enterado de nada.

No sé, pero no creo que lo del abuelo haya afectado tanto. Y también me parece injusto.

En aquella casa, los domingos se veía la Fórmula 1. O las motos. Y después de comer se fregaba la cocina, de la que misteriosamente desaparecía todo el mundo. A mí me tocó unas cuantas veces. Las sillas sobre la mesa, el cubo y la fregona que vivían en la terraza, el pie de la mesa en el que siempre me atascaba. Lo que quiero decir es que aquella sensación de hogar, de cotidianeidad, me parece lo único sólido para afrontar las tragedias cotidianas. Qué dios ni qué cojones. El amor... a mi tía le extirparon el útero en el hospital donde ella era enfermera. Me acuerdo de Valentín dándole de comer, con una cuchara, y limpiándole la boca con una servilleta azul.

Tengo, en fin, la sensación de que hay gente que muere y gente que se apaga. Esto me provoca un rechazo ético, pero supongo que sólo es un mecanismo natural para afrontar, como decía, tragedias cotidianas; aquellas más difíciles de vencer porque, aun pudiendo hablar de ellas, somos incapaces de comprender. Se transmiten por teléfono, con voces apagadas, muchos monosílabos, pocas preguntas; esa sensación de ya lo sabía yo, las pausas entre frase y frase, una ligera culpabilidad por pensar en el futuro.

La habitación de mi abuelo Cándido tenía una puerta, cosa lógica, pero le faltaba una pared, y un biombo la separaba de la de mis primos. Así, era muy permeable, muchas veces pasaba por allí para llegar a la habitación de mis primos. Tenía una cama, un armario y una silla para dejar la ropa. Nada más. Todo muy viejo, de terciopelo verde. Ah, y un retrato de boda en la pared forrada con papel pintado. Cuando jugábamos al escondite, a veces me metía bajo la cama. Ahora es una habitación rara, un oscuro apéndice espacial verdoso de otra estancia en el corazón de la casa. Y no creo que mi abuelo Cándido vuelva a pisarla. Congelada también en el tiempo, cuando hagan algo con ella tendrán que vencer esa fuerza que se suma al peso de los muebles y al pegamento del papel de la pared, la fuerza de los endebles ladrillos del gallinero, la fuerza de los lugares que han significado algo.





25.8.03

-Tengo apnea orgásmica.
-¿Como?
-No controlo la respiración cuando me corro. Jadeo... y me pongo nerviosa, y me quedo sin aire.
-Nunca había oido nada parecido.
-Mi astróloga dice que no es grave, pero que procure no encadenar los orgasmos y que beba un vaso de agua antes de follar.
-¿Quieres que vaya a por un vaso de agua?
-Si haces el favor...

-El único vaso que quedaba limpio es el del cepillo de dientes. Toma.
-Gracias. Déjalo ahí, tengo que beber justo antes de...
-Eh... ¿me estás diciendo que nos vamos a desnudar y nos vamos a poner al tema y vamos a parar para que bebas un vaso de agua?
-Oye, no es nada agradable la sensación de ahogarse, ¿sabes?
-¿Y si te bebes dos ahora?

-Oye, ¿y eso te pasa siempre?
-No... cuando hace frío no.
-Es acojonante. Me has asustado y todo.
-¿A que sí? Doy miedo. Sobre todo me encanta cuando pongo los ojos en blanco.

-¿Tu astróloga?
-Sí. Es muy buena, ¿quieres su tarjeta?





22.8.03

¿Quién es Joan Riudavets Moll?

Joan Riudavets Moll es un hombre anciano. Probablemente muy anciano para tus estándares, tiene 113 años. Vive en Menorca, en Es Migjorn, que seguramente es un pueblo encantador donde envejecer. Pero al pobre señor Riudavets, que tan tranquilo estaba aguantando el calor, cada verano se le mete en casa José María Aznar. No estoy hablando del telediario de la Primera, sino del Jefe en carne y hueso y bigote, que tiene la capacidad de colarse en el hogar español que considere más oportuno, como Jesús Puente en sus tiempos, tomarse un café, asustar a las mascotas y derrochar su campechanía. Así que Joan Riudavets Moll, tranquilamente, hace una cafetera, suspira, y se sienta para aguantar la tarde. Sin duda en un hombre que conoce los sacrificios que hay que hacer por el país, tenía nueve años cuando la guerra de Cuba. La vieja escuela, es lo que tiene.

Sospecho que Aznar no acude esta casa como a otras. La ancianidad de Joan Riudavets Moll es signo de sabiduría, y Aznar está dispuesto a acumular toda la sabiduría posible: dentro de unos meses, sus prodigiosos atributos sexuales ya no influirán en la política nacional. Nuestro amiguito espera avanzar en la Senda del Conocimiento para convertirse en lo que siempré soñó, en un líder que no dependa de sus cuerpos de seguridad para hacer cumplir sus deseos. Acudir a las cumbres internacionales en calidad de líder, así a secas. Hablar en español con Chirac y con Schröder, listos para tomar nota de sus disposiciones. Poner y quitar, que en eso cree que consiste la política. Coronarse duque de Aznar en una ceremonia sencilla y discreta en el Palacio de Oriente -tiempo al tiempo-, escribir unas memorias de dos o tres kilos como Churchill.

Claro, que también está la posibilidad fisiológica. Fíjate en la foto. Cada fibra de cada músculo del enteco cuerpo de Joan Riudavets Moll supone años de dieta mediterránea concentrados, litros de aceite de oliva, kilos de pescado, chapata y tomate. Al cadáver de Joan Riudavets Moll se lo rifarán Nestlé y Danone para triturarlo y echárselo al gazpacho de tetrabrick, a los salteados de verduras, al champú fortificante, no más de un miligramo cada frasco, por supuesto. Aznar se les adelanta. Mira qué cara de buitre pone; cuando los periodistas han sacado las fotos y les dejan tranquilos, el Jefe lame con avidez la calva de Joan Riudavets Moll, que soporta lo indecible por no quedar mal. Aznar, como Célula, se come a otros sabios para aumentar su nivel ¿O qué te crees que había sido de Hernández Mancha?





19.8.03

-Y a mí, que la gente que deja el borde de la pizza me recuerda a los que lamen el caviar de las tostadas de caviar y dejan la tostada en la bandeja del camarero.
-¿Pero eso lo has visto alguna vez?
-No he estado en muchas comidas con caviar y camarero.
-Y sin embargo, tú te comes los bordes de pizza cuando los dejan los demás ¿Cogerías una tostada churrupeteada de la bandeja para comértela también?
-Uh... espero no ir a muchas comidas con caviar. No quisiera probarme.





16.8.03

-Vamos a ver, a ti sólo te parecen guapas las tías que quieren parecerlo.
-Cojones, no, Paco, todas las tías quieren ser guapas.
-Vale, pero están las que se gastan pelas en operarse las tetas, en depilarse partes íntimas, liposucciones, peinados a la moda, ropa cara...
-Joder, si son guapas es porque están guapas.
-Pero no, eso no es que sean guapas, es que están... teñidas...
-Mira, chaval. A ti te gustan las tías cultas, ¿no?
-Sí.
-Pues ¿quiénes son las tías cultas? Las que estudian, las que leen libros, las que se preocupan por llenar la cabeza de cosas. Trabajan su cultura de la misma manera que las guapas trabajan su guapura.
-Bueno... entonces me gustan las tías inteligentes, ¿ok?
-¿Cómo se hace una tía inteligente?
-Pues... la genética, la educación infantil...
-O sea, que no depende de sí misma.
-Mmmmmmno.
-¿No les das a las tías la oportunidad de que mejoren? ¿La que no te guste ahora no te gustará jamás?
-Vamos, no... sé...
-¿Crees en la predestinación? ¿Eres calvinista?
-Vete a cagar a la vía.

-Vale, pues te decía que tenía unas tetas preciosas, operadas, duras como hígados encebollaos...
-Preciosas, vale.





15.8.03

para ella,
si de verdad
me ama
,
venganza





10.8.03

Nuestro héroe bajó al todoacién y compró por cero sesenta un pack de diez gomas del pelo: dos negras, una azul marino, dos violetas oscuro, una violeta claro, una malva, una rosa, una fucsia oscuro y una azul claro. Obviamente, lo primero que hizo al volver a casa fue hacerse diez coletas.

Tras recogerse el pelo en su primera coleta (la undécima, en realidad), nuestro héroe colocó una banqueta en el baño y se sentó frente al único espejo de la casa. Quería recuperar su cara después de tanto tiempo perdida entre el ponpón de pelo.

Coleta, coleta. Ponytail. Coleta diminutivo de cola. Hilera de personas que esperan. Pasta fuerte, translúcida y pegajosa, dos botes en el armario para hacer maquetas. Cola de pescado, se hace con la vejiga de los esturiones (no con la cola). Coleta, colita, ridículo apelativo para el pene. Cola, árbol esterculiáceo del África tropical. Asombroso. Esterculiáceo.

Obvia decir que nuestro héroe pasó demasiado tiempo frente al espejo.

Mencionaremos también que su ángulo visual se multiplicó por seis. Que no halló trazas o signos de calvicie en sus sienes. Que tenía pinta de misionero cumbayá, de los que tocan la guitarra en los fuegos de campamento de alguna misión ecuatoriana. Más blanquito, eso sí. Que las patillas largas destrozaban todo el efecto anterior. Que la coleta quedaba ligeramente tendida a la derecha. Que parecía más delgado.





8.8.03

-Hoy me he sometido a una sesión de sero-grado-ni-frío-ni-caló televisiva.
-Oh, una de las tuyas.
-Una de las mías. Primero vi Frasier.
-Woo. Entonces cómo tuvo que ser de malo lo siguiente para compensar, ¿no?
-Ya te digo.
-¿Starship Troopers strikes again?
-Mejor. Sexo en Nueva York.
-Hala.
-Y después... The Fast and the Furious.
-Pero dónde vas, chaval.
-Lo que más me ha sorprendido, así viéndolo globalmente, es el contraste entre una bazofia femenina y una bazofia masculina. Primero, una anoréxica estaba a punto de suicidarse porque un perro le comía el zapato. Y a continuación, un neardental se liaba a ostias con otro por... la verdad es que no me ha quedado demasiado claro, pero tenía que ver con el Honor, la Hombría y no sé si la Gloria.

-Por enésima vez ¿Qué puta gracia tiene sin curvas?
-Tío, así es menos arriesgado. A esas velocidades sería muy peligroso tomar curvas.
-Ah, menos mal, porque se nota que son gente preocupada por la seguridad.
-Por ejemplo, no se ponen el cinturón porque molesta y les desconcentra al conducir.
-Claro.

-Y qué malos son los chinos.
-Uy, eso siempre.
-La madre que los parió, no van a ser malos si son del Madrid.

-De todas formas, me encanta el recurso PowerRangers, ¿eh?
-¿Cuál?
-El Botón Mágico.
-Oh, sí.
-Claro, a mediados de carrera, se pulsa el botoncito y fumba palante.
-Técnicamente hablando.
-Pero lo bonito es que no se trata de a ver quién tiene el botón más gordo. O sea, siendo seres atapuercos han superado esa etapa y todo.
-¿Pero entonces gana el que aprieta mejor el botón?
-Pues... la verdad es que tampoco, ¿no?
-Digamos pues que el botón viene a ser una especie de culminación de toda una experiencia y de todo un trabajo preparando el coche y todo eso.
-Eso.

-Y date cuenta además de que el tonto lleva un Volkswagen.
-¿Por qué?
-Porque es tonto.
-Ah... no, digo que por qué un Volkswagen.
-Porque es tonto.
-Joder. Que por qué dices que está relacionada una cosa con la otra.
-Pues porque... como es un Volkswagen... o sea, un coche europeo, no es que sea malo, no es que albergue maldad... sino que es incompleto o algo así. Su depósito de bondad es pequeño y por eso no llega al nivel de nuestros héroes.
-Que por cierto, vaya pinta de David Hasselhoff rubio que tiene el prota.
-Ya te digo. Una pinta de gay...

-Me gusta Vin Diesel.
-Mariconaso.
-No. Que me parece buen actor.
-Pero tío.

-No pienso comentar nada sobre los fluorescentes bajo el chasis.
-¿Nada nada?
-Bueno, sólo una cosa. Que los tubos fluorescentes siempre me parecieron una cosa de la cocina... y me cuesta horrores relacionarlos con la velocidad.





4.8.03

-¿Qué hacer cuando tus propias sábanas te dan alergia?
-Pues... ¿cambiar las sábanas?
-Oh, claro. Tú lo ves todo tan fácil.





2.8.03

-¿Un caramelo?
-Me encantaría.

-Eh... normalmente, cuando se dice "me encantaría" lo siguiente que se hace es coger el caramelo y comerlo.
-Me encantaría, digo, pero estoy a régimen.
-Bueno, qué más da. Coge el caramelo, que me duele la mano y parezco tonto.
-No, gracias.
-Joder, pero míralo. Un caramelo. Tres centímetros cúbicos. Si tienes ganas de comértelo te lo comes, nadie se va a hacer daño.
-No, mira, eso es todo azúcar, ¿sabes?
-Joder, todo ¿Vas a engordar dos kilos por comer un caramelo de cinco gramos? Aunque no quemes ni una sola caloría, sigue siendo minúsculo.
-No... es por eso. Es más bien... una especie de cuestión de disciplina. Se empieza por un caramelo... y ya sabes.
-¿Cómo que ya sé? No tengo más caramelos. Aunque quisiéramos hincharnos a caramelos, simplemente no hay. Y hasta que lleguemos a casa nos van a dar las tantas. Cómete el puto caramelo.
-Oye, déjalo.