8/28/2003 10:12:21 PM|||paaq|||Mi madre nos preguntaba si queríamos ir a casa de Marisol o al parque. Siempre decíamos que a casa de Marisol. Allí había una terraza enorme, cuatro primos y una huerta. Una huerta en medio de la ciudad, desordenada, laberíntica, llena de árboles grisáceos, de hierbas raras -nunca sabía dónde pisar- una jungla con un gallinero al fondo. Recuerdo que por lo menos tenían manzanas, porque mi abuelo Cándido intentaba explicarme cómo distinguir los manzanos cuando no tenían las frutas colgando. Yo, niño de ciudad, jamás aprendí la lección.

La casa había sido construida por mi abuelo Cándido. Consistía básicamente en un garaje del que mis tíos alquilaban plazas, sobre el cual vivía la familia. Aun había otro piso más, con un matrimonio de viejos sordos de los que jamás supe nada. La terraza era el techo del garaje que le había sobrado a la casa. La huerta era el suelo de la finca que le había sobrado al garaje.

Mi abuelo Cándido no es mi abuelo. Por una parte, es abuelo de mis primos. Pero también es tío de mi madre, porque mis tíos Marisol y Valentín son primos... es un poco complicado, y total, nunca me importó.

Al fondo del garaje había un montón de leña, junto a la puerta de la huerta. Mi abuelo Cándido me daba una sierra de metal para que me entretuviera con la leña. La sierra de la madera estaba por allí, pero yo no tenía fuerza para manejarla. Tras la puerta estaban las escaleras que subían de la huerta a la terraza. Sólo recuerdo que eran decrépitas.

Creo que fue Alberto quien me dio un mazo. Si no fue él, sería Rosa. Había que tirar abajo el gallinero. Lo recuerdo como un lugar oscuro, pulcramente sucio, con un bebedero de plástico verde, donde había que avanzar despacio para no patear a las gallinas. Pero ya no había gallinas. Las paredes, de ladrillo pelado, en las que mis primos llevaban años dibujando a tiza, cayeron con facilidad -no sé, tendría once o doce años- y por primera vez vi el final de la huerta, una pared de piedra excavada en la roca. Creo que por primera vez me di cuenta de que aquella huerta tenía límites.

El espacio de la huerta se dedicó a ampliar el garaje, que pasó a ser casi industrial. Pero la terraza no creció. El nuevo garaje se cubrió con una uralita gris azulado a la que no podíamos subir y que tenía una irritante querencia por las pelotas con las que jugábamos en la terraza. Como ya dejábamos de ser niños, dejamos de jugar. Mamá dejó de preguntarnos dónde queríamos ir y empecé a ir a donde no quería.

Me acuerdo de las discusiones para decidir quién bajaba a la huerta a por la pelota. Recuerdo los escalones decrépitos, el murete del mismo ladrillo delgado que el gallinero.

Supongo entonces que aquella huerta es mi infancia. Mi patria. La uralita tiene un aspecto de tejado que provoca rechazo visual; en la terraza, nadie coloca en verano la mesa de pinpón -la regalaron al local de los scouts- ni la piscina de plástico. Ya no quedan pelotas de tenis detrás de las macetas, hace tiempo que nadie discute con las vecinas para que nos devuelvan la que nos ha caído en su patio.

Ya sin nada que hacer en aquella terraza, mis primos se hicieron mayores.

Y ahora, mi abuelo Cándido tiene cáncer de estómago. Y va a morir. Mis últimos recuerdos sobre él son de aquellos tiempos, porque después se quedó sordo y era imposible conversar. Tal vez de los últimos diez años sólo sepa decirte que comía cada noche el mismo caldo que le preparaba mi tía Marisol, mientras el resto de la familia cenaba cada noche algo distinto, avanzando en el tiempo, cada vez menos a la mesa a medida que mis primos se iban de casa. Y me parece injusto haberme, habernos olvidado de él durante diez años.

Una vez un médico apresurado diagnosticó a mi primo Gonzalo un cáncer de nosequé. Recuerdo a mis tíos llorando desesperados. Le puse una mano en el hombro a Valentín y me sentí ridículo porque aquello no solucionaba nada. Cuando al cabo de una semana se descubrió que mi primo estaba como una rosa, todo se calmó, y entonces creí que era una terrible traición el que Gonzalo no se hubiera enterado de nada.

No sé, pero no creo que lo del abuelo haya afectado tanto. Y también me parece injusto.

En aquella casa, los domingos se veía la Fórmula 1. O las motos. Y después de comer se fregaba la cocina, de la que misteriosamente desaparecía todo el mundo. A mí me tocó unas cuantas veces. Las sillas sobre la mesa, el cubo y la fregona que vivían en la terraza, el pie de la mesa en el que siempre me atascaba. Lo que quiero decir es que aquella sensación de hogar, de cotidianeidad, me parece lo único sólido para afrontar las tragedias cotidianas. Qué dios ni qué cojones. El amor... a mi tía le extirparon el útero en el hospital donde ella era enfermera. Me acuerdo de Valentín dándole de comer, con una cuchara, y limpiándole la boca con una servilleta azul.

Tengo, en fin, la sensación de que hay gente que muere y gente que se apaga. Esto me provoca un rechazo ético, pero supongo que sólo es un mecanismo natural para afrontar, como decía, tragedias cotidianas; aquellas más difíciles de vencer porque, aun pudiendo hablar de ellas, somos incapaces de comprender. Se transmiten por teléfono, con voces apagadas, muchos monosílabos, pocas preguntas; esa sensación de ya lo sabía yo, las pausas entre frase y frase, una ligera culpabilidad por pensar en el futuro.

La habitación de mi abuelo Cándido tenía una puerta, cosa lógica, pero le faltaba una pared, y un biombo la separaba de la de mis primos. Así, era muy permeable, muchas veces pasaba por allí para llegar a la habitación de mis primos. Tenía una cama, un armario y una silla para dejar la ropa. Nada más. Todo muy viejo, de terciopelo verde. Ah, y un retrato de boda en la pared forrada con papel pintado. Cuando jugábamos al escondite, a veces me metía bajo la cama. Ahora es una habitación rara, un oscuro apéndice espacial verdoso de otra estancia en el corazón de la casa. Y no creo que mi abuelo Cándido vuelva a pisarla. Congelada también en el tiempo, cuando hagan algo con ella tendrán que vencer esa fuerza que se suma al peso de los muebles y al pegamento del papel de la pared, la fuerza de los endebles ladrillos del gallinero, la fuerza de los lugares que han significado algo.|||106210154149424759|||