3/11/2003 01:53:59 AM|||paaq|||Y después de trasquilarme las patillas, descubrí pegado a mi camiseta un pelo. Habría escrito un humilde pelo, pero no lo era. Era un pelo delgado y largo, enroscado, que brillaba en cada curva y contracurva. Lo cogí entre dos dedos. El pelo me miraba con esa mirada entre triunfal y agonizante de los recién muertos. Pero los pelos nacen muertos. No son más que el residuo del folículo. Es como... como si cada vez que enterramos a alguien, su ataúd empujara un poco más los que tiene debajo. Y así fueran creciendo pelos, inmensos pelos humanos formados por cadáveres hacia el interior de la Tierra.
En fin, que lo medí. No quería mantenerse recto, no se dejaba pinchar con dos alfileres, tuve que usar cola para sujetarlo. Quince centímetros. Felicidades, le dije -casi no me oía el pobre con tanta cola-, ya eres más largo que el pene español erecto medio.
No debe ser mala comparación, si atendemos a la ingente cantidad de literatura popular que ha intentado demostrar el enorme tamaño de los penes españoles. Pero esto es casi nuevo; antes el valor residía en el peso y tamaño testicular. Decían de Mussolini que follaba con una mujer distinta cada noche, pero supongo que lo mismo dirían de Alejandro Magno o de Atila. En realidad, Alejandro Magno era un gran bisexual, y Atila era más bien un violador de yeguas en serie. Mussolini acabó sus días ahorcado en una gasolinera de las afueras de Milán. Mussolini era calvo y bajito, el pobre. No digo que no follara con una cada noche, pero era calvo y bajito. Así debió ser más fácil ahorcarle.
Por lo de bajito, no por lo de calvo... bueno, ya me entiendes.|||90489540|||