12/30/2002 05:49:15 AM|||paaq|||Geografía emocional I
-¿Dónde vamos?
-A Camelle. Ya verás, te va a gustar.
Mi padre nació a quince kilómetros de la Costa da Morte. Así que cuando íbamos a la aldea, si hacía buen tiempo, recorríamos los pueblos marineros disfrazados de familia. No creía realmente que Camelle fuera diferente de Camariñas, de Cee o de Muxía, pueblos marineros, con puertos, barcos, redes por el suelo, restaurantes... esas cosas, vaya. Y lo era.
-Aquí vive un señor muy curioso. Es alemán y vive como un ermitaño.
-¿Qué es un ermitaño?
-Es como... Va casi desnudo, y hace esculturas, entre las rocas. Es alemán.
No me quedó muy claro el concepto de ermitaño. Pero la posibilidad de que un alemán optase por vivir desnudo en un remoto pueblo gallego era lo suficientemente surrealista como para interesarme. Mientras caminábamos por entre las rocas, salió a nuestro paso, en efecto, un anciano en taparrabos. Holaa, toma una libretaa, dibuja lo que vesss, son sien pesetasss ¿Lo que veo? Yo veía al hombre más extraño del mundo, con el pelo y la barba largos, descalzo, desnudo, con un taparrabos de cuero, sonriendo. Hola niñoss. Me dio la mano y sacó libretas y lápices de colores de entre las rocas. Y con un gesto nos invitó a recorrer su museo.
Manfred Gdaninger nació en Dresde justo antes de la guerra. Llegó a Camelle el día de la fiesta del Espíritu Santo de 1961. Aquella noche conoció a la maestra del pueblo, se enamoraron, vivieron dos años juntos. Y cuando ella hubo aprendido alemán, le dejó para emigrar. A Man le gustaba el mar, le gustaba recoger cosas que quedaban entre las rocas después de la marea, y hacer esculturas con ellas.
Nunca había visto a mi padre dibujar. Se peleaba con los lápices de colores, delante de lo primero que había visto. Yo no sabía qué dibujar. Las rocas estaban llenas de extrañas figuras redondeadas de colores. Así que ojeé lo que la gente había dibujado antes en mi cuaderno. Cada dibujo tenía un nombre, una fecha y una firma. Eran dibujos tan extraños como el arte del ermitaño, que se había arrodillado junto a una escultura sin terminar y parecía no hacernos caso.
A Man no le hizo gracia que se construyera el paseo marítimo, porque estaba planeado sobre su museo. Tras discutir con el alcalde, el paseo marítimo hizo un quiebro y esquivó las rocas. Desde entonces, a Man le gustaba correr por el paseo. Man recogió durante cuarenta años lo que el mar se dignara a abandonar en Camelle. Man seguía esperando una ballena varada, para construir con su esqueleto la escultura más grande de su museo.
Man se arrodilló y se puso a llorar sobre las rocas de Camelle el 18 de noviembre. Se manchó las rodillas de la misma mierda negra que cubría su museo. Luego miró alrededor y vio que no había nada que hacer. Que era imposible. Hablando con los vecinos, dijo que prefería que no se limpiaran las esculturas. Que ya iba siendo hora de que la Xunta se hiciera cargo del museo. Que se sentía cansado.
-Oye, ¿te acuerdas de alemán loco que vivía en Camelle?
-¿Quién?
-Sí hombre, que lo fuimos a visitar cuando érais unos críos.
-Ah, ya, sí, el anacoreta.
-Pues ha muerto.
-¿Qué?
-Mira.
Ya no importa lo que diga el parte médico: el Prestige se ha llevado a Man. Su intensa cola de fuel pintó de negro plomizo las rocas que él coloreó durante cuatro décadas junto al espigón de Camelle...|||86684073|||