11/22/2002 12:10:40 AM|||paaq|||En 1865, la seguridad de los billetes estadounidenses era un desastre; eran impresos en el lugar mismo por los bancos locales en centenares de diseños a lo largo de todo el país. Nadie sabía cómo diablos se suponía que era un billete de dólar, así que los billetes falsos circulaban fácilmente. Si te hubieras encontrado un mendigo que te dijera que un billete de un dólar del Banco del Ferrocarril de Lowell, Massachusetts tenía una mujer inclinada sobre un escudo, con una locomotora, una cornucopia, una brújula, diversos artículos agrícolas, un puente de ferrocarril y algunas fábricas, no habrías tenido más remedio que tomar sus palabras por ciertas. Y, de hecho, lo eran.

Se calcula que una tercera parte de los billetes y bonos en circulación eran falsos, así que Hugh McCulloch, secretario de tesorería, le propuso al presidente Lincoln la creación de una especie de policía de tesorería que combatiera el fantasma de la falsificación. Abraham Lincoln dijo que le parecía una buena idea, aprobó el decreto y fue asesinado esa misma noche.

El Servicio Secreto contó en sus inicios con diez hombres cuya única misión era combatir a los falsificadores. Eran antiguos espías de la Guerra de Secesión y detectives privados al mando de un tipo llamado William P. Wood. Aparte del sueldo, ganaban 25 dólares -de los de verdad- por cada falsificador que detuviesen. No se puede decir que hicieran mal su trabajo, en cinco años detuvieron a más de mil personas. Entonces Wood fue expulsado por pleitear por unas recompensas que no llegaban.

Hoy en día, compuesto por unas dos mil personas, el Servicio Secreto estadounidense sigue siendo un departamento de la Secretaría del Tesoro, pero sus funciones son un batiburrillo de vigilancias y protecciones a los bienes más valiosos del país: el presidente, el vicepresidente, los candidatos a la presidencia, los expresidentes, todas sus familias, los metales valiosos de las bóvedas de la Tesorería, la Declaración de Independencia, originales de la Constitución, determinadas embajadas extranjeras; cuando la Mona Lisa viajó a Estados Unidos en los años 60, fue el Servicio Secreto el encargado de protegerla... y, por supuesto, las falsificaciones de bonos y billetes.

Es sabido que trabajar en el Servicio Secreto supone un sueldo abundante y poco stress. De hecho, es incluso aburrido, principalmente debido a las trimestralidades: salir a la calle cuatro veces al año a entrevistar a todas las personas que hayan sido identificadas como "amenazas para el presidente". Si alguna vez estás en Estados Unidos y dices que quieres matar al presidente, pasarás a formar parte de esa lista que a día de hoy cuenta con más de veinte mil personas y tal vez no vuelvas a hablar por teléfono en privado. Otras tareas son analizar cada anónimo con amenazas que puede haber enviado cualquier paleto de Oklahoma, conversaciones telefónicas, chats y foros en internet, estudiar las biografías de los miembros de la lista, trazar sus perfiles psicológicos, mantener al día, en fin, los gigantescos archivos del Servicio Secreto para intentar anticiparse a cualquier amenaza real hacia alguno de los bienes nacionales protegidos.

Todo esto venía a cuento de que hoy se cumplen 39 años del más sonado fracaso de la historia del Servicio Secreto: el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en la calle Elm, en Dallas, delante de docenas de personas, filmado por siete u ocho cámaras y otros tantos micrófonos.|||84893041|||