7/5/2002 03:42:07 AM|||paaq|||Vaya, vaya vaya vaya vaya. Resulta que esta noche no se me ocurría qué escribir, y a las doce menos cuarto recibo una llamada. Mis fuentes me confirman que está a punto de producirse el Gran Acontecimiento. Me pongo los tenis y, un momento, la cámara de fotos. La tiene un compañero de clase, al que llamo. Está en Lugo, con lo que tendré que olvidarme de hacer el mejor reportaje fotográfico de mi vida. Pero en fin, me queda este maravilloso invento que es la narración:

Son las doce menos un minuto de la noche del 4 de julio de 2002 cuando llego a la Plaza de España. Antes de doblar la última esquina no se oye nada que haga suponer que allí hay concentradas más de seis mil personas ¿Qué miran? Pues una enorme estatua rodeada de andamios y encerrada en una jaula que se alza en medio de la Plaza al lado de una grúa, tras las vallas de aluminio. Cuatro o cinco obreros están encaramados a la estatua, con escaleras, cintas, escoplos y sopletes. El espectáculo ya dura una hora, y a él asisten todo tipo de personalidades, desde el alcalde a las parejas de jubilados. Las ventanas de todos los edificios de la Plaza están iluminadas y muestran las siluetas de sus habitantes, salvo los tres edificios institucionales: la Xunta, la Biblioteca y uno del ejército que no sé cuál es. Las aceras están obviamente rebosantes de gente, pero los coches circulan por la calzada sin complicaciones, parándose en los semáforos mientras sus ocupantes miran hacia la estatua con la misma curiosidad que el resto de la gente. Los flashes, que hasta ahora han sido esporádicos, se animan cuando a las doce y cinco la grúa baja su brazo y empiezan a enganchar la jaula. Después, y sin prisa, los obreros encienden el soplete y sueldan las patas del caballo a las vigas que forman la parte inferior de la jaula.

La estatua, el generalísimo, o cabalo, como quiera que se le llame, lleva en este sitio más de treinta y cinco años. Ha sobrevivido a las bombas que regularmente se le colocaban a finales de los 70, a los aires democráticos de los años 80 y a la europeización del país de los 90. Pero parece que no ha podido sucumbir a un alcalde del Bloque Nacionalista Galego, formación política que lleva abogando desde sus inicios por retirar la estatua de Franco de la plaza más importante de Ferrol. Estos últimos dos años han sido duros para la paz social de la ciudad. La estatua, quiérase o no, es un símbolo de la ciudad. De la misma manera que si viajamos a Afganistán, al llegar a Kandahar encontraremos en su plaza mayor a los ahorcados por adulterio colgando de farolas, al llegar a Ferrol la gente se encontraba con la megalómana estatua de Francisco Franco. Ya sabías dónde te metías. Hay mucho cariño por el generalísimo -palabra que he oído bastante más que "caudillo"- teniendo en cuenta que durante treinta y cinco años fue el sumo gobernante de España, y Ferrol era la ciudad mimada, ocupada en más de la mitad de su extensión por astilleros, arsenales y puerto. Sin embargo, Franco nunca le tuvo cariño a sus orígenes, y como jefe de estado sólo vino a Ferrol una vez.

Son las doce y veinte minutos y los obreros siguen con el soplete. Empiezo a temer seriamente por una grúa que me parece demasiado esbelta para sostener una estatua que ha sobrevivido a bombas que rompían todos los cristales de la Plaza, hace veinte años. La gente se empieza a tomar la reunión como un asunto más bien festivo. Las frases más pronunciadas son "¿y tú aquí?" "pues ya ves", pero no se escuchan ni insultos ni alabanzas, cosa que después de dos años escuchando en la radio a furibundos ciudadanos clamando por la permanencia de la estatua o por tirarla a la ría, francamente, esperaba. El primer movimiento no es de ascensión, sino lateral. Y de hecho casi nadie se ha dado cuenta "¿no ha girado un poco?" "no" "sí, mira" Y lenta, muy lentamente, la estatua despega sus pies del pedestal de hormigón armado y empieza a girar. Aplausos por toda la plaza, algún silbido.

El Ayuntamiento, gobernado por el BNG en coalición con el PSOE, que le arrebató la alcaldía al PP en 1999 por primera vez en la historia democrática de esta ciudad, se ha desgastado muchísimo con este asunto. Después de llegar al poder, el Bloque se dio cuenta de que simplemente no podía llamar a Grúas Vidal y pedirles que retiraran la estatua, en medio de los aplausos populares. De hecho, las primeras críticas de los ciudadanos en cuanto llegó el cambio político fueron en el sentido de "ahora nos quitarán la estatua". Después de un período de meditación, se decidió elaborar un plan que dejase lo menos descontenta a la gente: un aparcamiento subterráneo en la Plaza de España. Cierto es que el tráfico en el centro de Ferrol es espantoso, y encontrar sitio para aparcar, una quimera, cosa que afecta principalmente a los visitantes a la ciudad. Y claro, no se puede construir un aparcamiento subterráneo debajo de una estatua que con su pedestal macizo pesan doscientas toneladas. El argumento nos pareció a muchos un poco cogido por los pelos, pero la sensación de inevitabilidad histórica crecía a medida que se revelaban los planes de obra, los cambios de sentido de circulación en algunas calles, incluyendo la mía, y el corte de los árboles de la Plaza de España que deficultarían las obras. Las primeras opciones que se manejaron fueron cambiar la estatua a otra plaza menos importante, regalarla a alguna fundación -hubo muchas peticiones al respecto- o sencillamente tirarla a la ría. El ejército fue finalmente el encargado de custodiarla para la futura creación de un Museo de la Armada en lo que hoy son los arsenales, museo que creo que tardará bastantes años en platearse seriamente.

A las doce y media decido dar una vuelta completa a la Plaza. La estatua ha tocado suelo a los cuaro minutos y no sé qué están haciendo con ella. Me paro a escuchar los gritos de "¡fascista, cabrón, fora da galiza!" que lanzan los más radicales situados en el cruce con la Avenida de Vigo, o las discusiones "yo soy apolítica, pero ya me dirás a mí qué ganamos montando este jaleo" que se oyen más bien hacia la Carretera de Castilla. Descubro, oh sorpresa, que detrás de las vallas se halla congregada más gente que al otro lado, y que la estatua es perfectamente accesible. La gente la toca, se hace fotos junto a ella, los periodistas se suben al pedestal, ahora vacío y bastante absurdo, para hacer sus tomas panorámicas. Diviso algún compañero de la Escuela, mi peluquero, las chicas de la panadería. Esta noche se celebra una reunión bastante democrática, todo el mundo ha bajado a ver si de verdad se va o cabalo. Y muchas cámaras de fotos y de vídeo, desde las antiguas ocho milímetros hasta las modernas digitales mini-DV, réflex, APS, de bolsillo, compactas, desechables. Inluso veo por primera vez en mi vida una Ricoh RDC4200 que no es la mía (por fin, creí que era la única persona en el mundo que se había comprado esa cámara). La estatua está ahora montada en un remolque de seis ejes, casi a ras de suelo. Me acerco a ella. Es inmensa. Mide cinco metros de altura, los cascos del caballo son tan gordos como mi cintura. Está sujeta a la jaula por las patas soldadas, como ya dije, y por cintas que recorren el vientre del caballo hasta las vigas superiores. Es una verdadera obra de ingeniería. Los obreros revisan que todo esté en orden, y con otra grúa más pequeña suben al remolque los andamios para llevar todo al mismo sitio en el que será el viaje más excitante de la estatua. Estas operaciones terminan a la una y veinte, cuando el camión hace sonar el motor y se vuelven a oir aplausos. Pasada hora y media, aquí sigue más de la mitad de la gente, cuando va a dar comienzo la procesión. Porque es exactamente eso: una procesión por las calles de Ferrol hasta la puerta de Bazán. Salgo del recinto vallado y me coloco al lado de donde pasará la estatua en unos minutos, cosa que haré varias veces. Es impresionante ver moverse algo tan inmenso. La gente camina a su lado, con cierto ridículo a veces (¿qué hago yo aquí?), por delante y por detrás. En el primer cruce, el de la Avenida de Vigo, hay demasiada gente para pasar, por lo que decido bajar por la Calle Galiano para subir luego por la Plaza del Callao. Cuando llego, la procesión está parada. Las obras del edificio que está al lado del Champion han cruzado un cable por el medio de la calle que impide el paso de la estatua. Un obrero se sube a una escalera y levanta el cable mientras el camión avanza a su paso. Más aplausos. Así llegamos al cruce con la Avenida de Esteiro, que bajamos hasta el Cantón sin más percances que los reporteros de la televisión tropezándose unos con otros al frente de la comitiva.

Sobre el mapa, Ferrol es una ciudad sin mar. El Arsenal y el puerto ocupan la mitad de la costa, y la antigua Empresa Nacional de Astilleros Bazán, hoy Izar, la otra mitad; en ella trabajan miles de personas. Es una ciudad más allá de su muro. El blanco muro de Bazán es famoso, tiene más de ocho metros de altura y cierra la ciudad por el sur, por donde debería estar el paseo marítimo o algo así. Más allá, una ciudad paralela, con sus edificios, naves, calles y habitantes. Por eso son famosas las puertas de Bazán, interrupciones del muro por las que asomarse al universo paralelo. Estas puertas de diez metros de alto cierran de noche con un silencioso suspiro, están perfectamente engrasadas, dando a Bazán la impresión de cárcel de alta seguridad. Personalmente, siempre me pareció que en realidad era Ferrol la encerrada.

Junto a la puerta de Bazán hay aparcado un coche. Un Seat Ibiza que impide el paso del remolque. La gente comienza a agolparse junto a las puertas excepcionalmente abiertas. Los guardias de seguridad de Izar, vestidos de color pardo, son mucho menos simpáticos que los policías municipales. Nada de pasar la línea blanca, nos dicen a las mil personas que calculo que quedarán a estas horas, Son las dos en punto cuando llegamos, y los policías se miran unos a otros y gritan si alguien sabe de quién es este coche. La gente se lo toma a cachondeo "Luis, foder, saca o coche que non vai pasa-lo cabalo" "Ramón, non sexas tímido, que se temos que esperar á grúa non almorzamos". Así que llega la grúa y en siete minutos ha levantado el Ibiza. Por supuesto, aplausos. Aunque la gente opina que cuando se la llama no lo hace tan rápido. Junto a la puerta en sí se han congregado los más radicales, que empiezan a gritar. A mi lado una muchacha aplaude a la estatua y un señor levanta la mano, aunque la baja inmediatamente. Son las reacciones más rancias que veo en toda la noche, y la verdad es que estoy sorprendido por su escasez. La última curva es fulgurante, en un minuto la estatua está dentro. Las puertas se cierran silenciosamente mientras los guardias empujan a los reporteros que quieren la última foto, la última toma, antes del "plom" que hacen las dos hojas de las puertas al juntarse.|||78569169|||