7/20/2002 07:50:16 AM|||paaq|||Economía somalí
La última vez que Somalia tuvo algo similar a un gobierno "normal", con recaudación de impuestos, servicios sociales y leyes en vigor, fue durante la sangrienta dictadura de Siyad Barreh. Cuando una revuelta derrocó a Bayeh en 1991, el poder pasó a manos de los señores de la guerra rivales, los famosos warlords, que desplegaron sus ejércitos privados para lucha entre sí mientras millones de somalíes se morían de hambre. Somalia, un país desértico que se ocupa el cuerno de África, tiene una curiosa característica: todos sus habitantes pertenecen a la misma etnia (somalí), hablan el mismo idioma (somalí) y profesan la misma religión (islam sunní). Es el único país de África del que se puede decir tal cosa. Y sin embargo son incapaces de entenderse lo suficiente como para vivir en paz unos con otros. La división social de Somalia se realiza en base a los clanes. Cada uno de los doce clanes somalíes es el grupo de personas descendientes de los primeros doce habitantes del país, y llevan el nombre de éstos. Los clanes se organizan en subclanes, con los que el somalí se siente mucho más identificado. Hoy en día, el noroeste de Somalia está controlado por el clan Isaaq, que ha proclamado la República de Somaliland. En el noreste, el clan Darod intentó proclamar la República de Puntland con menor fortuna. La capital del país es Mogadiscio, situada más bien al sur, en la costa del Océano Índico, en la que se libra una batalla ininterrumpida desde hace once años. Tal vez el episodio más famoso de ésta fuera la noche del 3 de octubre de 1993, cuando tropas estadounidenses bajo mando de la OTAN decidieron tomar partido secuestrando al líder del clan Habr Gedir, y metieron sus helicópteros y carros de combate en un avispero de cinco millones de habitantes, una de las ciudades más grandes de África y sin duda la que ostenta una mayor proporción de armas por metro cuadrado. Tras la muerte de dieciocho soldados en treinta horas de frenética persecución, Estados Unidos abortó la operación. Habían muerto mil somalíes.
El impacto causado por las bajas estadounidenses apagó cualquier deseo intervencionista de las potencias occidentales, que abandonaron el país a su suerte, convencidas de que en pocos años se convertiría en un segundo Sudán, hundiéndose en los abismos del hambre y la guerra. Pero no ha sido así. La guerra no se ha apagado, pero en Mogadiscio, ciudad dividida en cuatro partes (tres clanes y una fuerza gubernamental de consenso), hay diez compañías telefónicas que compiten ferozmente. Sus servicios son en algunos casos incluso más eficientes que los que ofrecen las telefónicas españolas: el servicio de telefonía fija está activo a las ocho horas de solicitarlo, por once euros al mes; el servicio de móvil es instantáneo; las llamadas locales son gratuitas y las internacionales cuestan de 65 céntimos a un euro por minuto. Las aldeas más recónditas están conectadas a alguna central mediante radio de onda corta. El servicio telefónico ha sido el motor de la actividad económica, que continúa con fábricas de todo tipo -alimentación, plásticos, -, hostelería, servicios comunitarios, en fin... todo lo que caracteriza a una economía activa. Pero ¿de dónde sale todo el dinero necesario para poner en marcha un país de esta manera? Pues de la diáspora. Hay más de un millón de somalíes trabajando en todo el mundo, que envían 700 millones de dólares al año. Tan sólo a Mogadiscio llegan mensualmente 20 millones de dólares. Todo este dinero se mueve mediante el sistema de al Bakarat, que se hizo tristemente famoso a raíz de los atentados del once de septiembre. Un somalí acude, por ejemplo, a un agente en Nueva York y le entrega cien dólares destinados a su familia en Mirsaale. El agente llama por teléfono o envía un fax a su colega en Mirsaale, y el dinero llega a la familia en cuestión de minutos. El cómo se pongan de acuerdo los agentes no es asunto del consumidor.
La economía somalí tiene además varias características debidas a la guerra. Tras su abandono internacional en 1993, no ha recibido créditos de ayuda al desarrollo, por lo que no se ve lastrada por la obligación del pago de la deuda externa como sus vecinos Etiopía y Kenia. Por otra parte, al carecer de un gobierno central, no habría con quién negociar. El sistema de clanes es tan poderoso que ha conseguido neutralizar otra de las amenazas de la región: el fundamentalismo islámico. En los años 80, Arabia Saudí gastó fortunas en la puesta en marcha de un grupo terrorista, Al-Ittihad, que llegó a amenazar con la conquista del poder. En cuanto se desató la guerra civil, cada miembro de Al-Ittihad se alineó con su clan, por lo que el movimiento perdió casi todo su poder en unos meses. La moneda oficial de Somalia es el chelín somalí, pero cada warlord imprime su propio dinero, por lo que el chelín se devalua a velocidad de vértigo. Los pocos somalíes que manejan dinero pueden llegar a ganar fortunas con las especulación en unos días; tienen a su disposición una docena de monedas diferentes cuya política está basada en los caprichos de una cúpula militar ¿Son éstos los signos de un país optimista y ejemplar? No creo. La tasa de mortalidad infantil es de 211 por 1000 niños, la mitad de la población no tiene acceso al agua potable y el número de hijos por mujer es de siete. Dejando aparte la infibulación, claro.|||79179976|||