6/6/2002 06:42:36 PM|||paaq|||Estás en clase de cálculo. Es, por ejemplo, martes por la mañana, muy por la mañana. Nadie sabe ni sabrá cómo, pero de repente sucede. Te pica el agujero del culo. Grave tensión dramática que no sabría describir adecuadamente en estas líneas. Pica, y de repente las series de Taylor son algo del pasado, algo sin interés, un sonido que llega a tus oídos pero que no sabes decodificar. El profesor sigue escribiendo, y sabes que sigue escribiendo pero no te importa porque tampoco lo estás viendo, aunque tus ojos siguen enfocados en la pizarra. Estás petrificado esperando que pase todo, que haya sido un sueño, es demasiado temprano y a estas horas sueles estar, de hecho, soñando. Pero al cabo de un minuto confirmas que es real, te pica el ojete y estás en la peor situación del mundo para afrontar el problema (exceptuando, tal vez, una audiencia con la familia real). A tu izquierda tienes una compañera de clase, a tu derecha un compañero de clase, y gracias a los modernos conceptos ergonómicos de los muebles de clase tus muslos se tocan con los suyos. Examinas, tal vez subconscientemente, las posibilidades: rascarte con la mano, rascarte con otra parte del cuerpo, rascarte con un elemento ajeno a tu cuerpo, no rascarte. La primera que descartas es la última. La segunda que descartas es la primera. Así que empiezas un baile en el asiento, con la esperanza de que el roce de tus nalgas entre sí alivie la tensión. El resultado se parece al del tabaco: sólo calma la ansiedad lo justo para seguir en ello hasta que estés escocido. Pero cada vaivén repercute directamente en los muslos de tus compañeros.
- Tío, ¿qué te pasa? Deja de moverte.
- Es que (tu cerebro funciona a velocidades supersónicas), es que me estoy meando.
El margen ahora es estrecho: por una parte te permitirán moverte un poco, pero por otra sabes que les molesta. Así que cuentas mentalmente hasta diez y te mueves a la derecha. Hop. Oh, señor, qué placer. Vuelves a contar, y en el ocho ya te has olvidado de cuál es el siguiente número, y hop, movimiento a la izquierda. Has vuelto a las matemáticas, pero a un nivel, digamos, más elemental. La situación es insostenible. Así que sueltas por primera vez el bolígrafo, que estaba pegado a tus dedos por el sudor, y examinas tu mano, bajando distraídamente los ojos. Es grande, es rígida, y tiene un elemento específicamente diseñado por la Naturaleza para rascarte el ojete: una sabrosa uña en el extremo de cada dedo. Bien, el problema es otro ¿Cómo lograr el contacto entre uña y agujero? El movimiento más natural es el de hacerlo por detrás. Imposible, la mesa te comprime contra el respaldo y te deja el espacio justo para llenar de aire tus pulmones, si no es no muy fuerte ¿Por un lado? Aún peor, porque no hay respaldos, sino cuerpos humanos de tus compañeros concentrados en algo que ya no son las series de Taylor. Vaya, ha pasado el tiempo. Tal vez, y este pensamiento perfecto surge con tanta ilusión como desesperanza, tal vez esté a punto de acabar la clase. El reloj, máquina sin piedad, confirma que llevas veinte minutos sentado. Ergo, faltan otros setenta. Derribadas todas las alternativas, sólo queda una opción: entre inspiración e inspiración, rascarte por delante. Expulsas aire de tus pulmones, y... No, en ésta no, no estás preparado. En la siguiente tampoco. A la de tres...
- ¿Qué haces?
Te han descubierto ¿Pero esta tía no estaba con el Teorema de Comosellame?
- No, es que tengo un huevo mal colocado.
- Ya.
"Ya", en este caso, es una abreviatura de "ya, sí, los cojones, que te he pillao, bacalao, tú lo que quieres es rascarte con fruición el agujero del culo". Y, aunque el resto de su cuerpo atienda a la pizarra, el rabillo de su ojo derecho está fijo en tu mano metida en el paquete. Así que, para disimular, te retuerces un poco el huevo derecho mientras tu dedo meñique se estira y estira y alcanza a rozar el perineo antes de sacar la mano y volver a coger el bolígrafo. Operación fallida, mi comandante. Bien, sargento, aplíquese el harakiri. Señor, sí, señor ¿Alguien propone algún plan? Estás desolado, como cuando en Deep Impact el presidente reconoce que el meteorito va a caer de todas todas y que lo único que puede recomendar es que la gente se ponga a follar sin condón y en posturas que antes no hayan experimentado. Ojalá fuera a caer un meteorito, podrías rascarte apasionadamente sin complejos. Pero todavía faltan... sesenta y cinco minutos. El picor de ojete lleva ahora un plus, como las cajas de cereales: un incipiente dolor de huevo derecho, que se te ha quedado en mala posición. Así que cuando vuelves al vaivén de nalgas, descubres que a cada oscilación el huevo se retuerce un poco más. Magnífico. Si no te hubieras criado en una civilización católica, en estos casos te levantarías, te subirías a la mesa, te bajarías los pantalones y te agacharías para rascarte el ojete a dos manos. Y luego te olerías las uñas. Pero, ay, el qué dirán, ay, la moral, ay, la culpa, ay, el Pecado Original. Ánimo. Sólo queda una hora.|||77423424|||