5/24/2002 07:32:04 PM|||paaq|||La mejor oferta de yogures que podrás encontrar
Paco paseaba por entre los arcones congeladores y las neveras de yogures, buscando algo desnatado, con frutas y que no fuera escandalosamente caro. Llovía al otro lado de la amplia cristalera (toque literario). Justo encima de los Feiraco con frutas estaban los humildes Larsa de chocolate. Ah, los ChocoLarsa, que iluminaron generaciones enteras en sus mejores tiempos. Ahora eran unos yogures más, anticuados, camuflados, esperando a los nostálgicos para salir de aquel estante. Paco, como buen nostálgico, forzó la conclusión de que si iba a comprar yogures e iba a comprar chocolate, más le valdría comprar yogures de chocolate. Cogió un pack, cuatro yogures, sólo para ver la fecha de caducidad. El 28. Si estamos a jueves veintitrés, el veintiocho es el lunes, tengo el fin de semana para comerme cuatro yogures, pensó Paco ¿Cuatro? Alzó la cabeza para comprobar que la etiqueta del precio en el canto del estante indicaba claramente, Yogur Chocolate ChocoLarsa - 42 pesetas - 0'25 euros. El precio estaba marcado por unidad. Debía ser el primer caso de yogures en pack a la venta individualmente desde hacía ocho años. Sin embargo, no había un solo pack roto. Paco se estremeció ante el recuerdo de la Gran Represión, precisamente cuando los yogures empezaron a cobrarse en pack, cuando llegaron al país las multinacionales de la alimentación, con sus máquinas, sus robots, sus costumbres extranjeras, sus códigos de barras incapaces de procesar medio artículo. Los extraños impusieron la Gran Represión cuando se dieron cuenta de que en este país la gente compraba los yogures por unidad, y no por pack. Bárbaros de nosotros, pensó Paco, rompíamos los packs, a la vista de todo el mundo, sin avergonzarnos por ello. Hasta que al llegar a la caja, la cajera miraba al malhechor con el ceño fruncido (segundo toque literario) y le advertía de que no se podía llevar así los yogures, que no se podían romper los packs, que si no había leido el cartel, qué cartel, el cartel que nos hemos molestado en poner mil veces por todo el supermercado, ah, ¿no lo ha visto? aquí hay uno, mire, no, no lo había visto, lo siento. Paco no creía que las víctimas de la Gran Represión fueran los consumidores, aprendimos por fin a leer los carteles, pensaba, sino los miles, los millones de yogures que quedaron en el limbo. Porque la cajera no dejaba llevarse el yogur si no se iba a por los que completaran el pack. Y el consumidor, herido en su orgullo, prefería dejar el yogur en la caja, arrinconado. Por supuesto, los reponedores lo volvían a colocar, pero ya eran yogures maltrechos, rotos. Daban mala impresión y, además, como ya estaban separados de los packs, la gente se los llevaba tal cual para provocar otra amonestación de la cajera. Así que luego proliferaron los carteles, llévese los yogures de cuatro en cuatro, pero si era cuestión de llevarse los yogures de cuatro en cuatro, nadie iba a llevarlos sueltos si ya había packs de cuatro. Aquellos yogures rotos acabaron olvidados, caducados, en los contenedores que ningún niño filipino merodea en este país, al contrario que en las Filipinas. Así que, decíamos, Paco recordó la Gran Represión y, a pesar de que el precio estaba claramente indicado por unidad, decidió llevarse un pack, cuatro yogures, quinientas calorías, con su envase de chambourcy pasado de moda, con el feo y entrañable dibujo de una tableta de chocolate sobre fondo blanco. Cuatro unidades para un fin de semana, aunque Paco se hubiera equivocado y caducaran el martes, no el lunes. El resto poco interés tiene para nuestra historia, pagó con tarjeta, se le atascó la taquilla donde había guardado su pesada mochila, llegó a casa agotado por el esfuerzo, se metió en la cama y durmió el resto de la tarde y toda la noche, a tiempo de desayunar un yogur ChocoLarsa, que, por cierto, no son yogures sino preparados lácteos y creo que ni eso, antes de volver al curso de Rhino que le chupaba la vida. Y entonces, todavía en la cabeza un sueño sobre una película sobre un dictador sudamericano que rendía culto a la muerte llamada Bovir, legañas, mal sabor de boca, tuvo Paco la clarividencia de relacionar conceptos mientras escarbaba en el fondo del yogur, y de buscar el ticket de compra dentro de la bolsa -bendita manía de no deshacer las bolsas, las gambas congeladas se habían descongelado- para comprobar que los ChocoLarsa eran en verdad una anomalía tal, un resto de un pasado de bárbaras costumbres, que en el ticket, verdadera obra poética que no vamos a transcribir pero que empezaba por un ** SUPERMERCADOS GADIS ** aparecía claramente Yog.Choc.Larsa en la columna de la izquierda, y a su derecha, 0'25. Sólo le habían cobrado una unidad. 4x1, dicho en términos mercadotécnicos, la mejor oferta de yogures que podría encontrar. Y se propuso comer, a partir de entonces, cuatro yogures cada semana, sin importar las calorías, en parte como homenaje al pasado, en parte por esa íntima placentera sensación de robar al poderoso, en parte porque los ChocoLarsa están todavía muy ricos.|||76930475|||