Hace años, cuando era joven, me burlaba de las historias de Paulo Coelho. Hoy, tengo una para contarte:
Nada más recibir mi nuevo coche, tuve una avería. Nos pilló en Soria, en puente, lejos de todo. Volvimos a Madrid en un viaje agónico, a cincuenta grados dentro del carro, a ochenta por hora en la autopista, añadiendo al asfixiante calor del aire el humo de los camiones detrás de los cuales íbamos salpicando gasoil. El infierno. Cuando llegamos a Madrid acudí al primer taller que encontré y les encomendé mi coche.
Tras un rato de manoseo, convinieron en que el problema se encontraba en el tubo del inyector del primer cilindro. Una fisura. Podían pedir la pieza, dijeron con un “uff” que significaba que no podían pedir la pieza. Podían intentar soldarla, en cuyo caso estaría arreglado en unos minutos, pero el tubo no aguantaría más de unos meses y debería ser reemplazado igualmente. Suelden, les dije.
Me cobraron ochenta euros por una hora de trabajo y una soldadura. Un timo a todas luces. Y más, por una reparación que no aguantaría ni un año. Me pasé meses escuchándolo de todos los amigos y parientes: “joder, te han timado”. Incubé un odio mortal hacia los mecánicos de coches, los puse a parir genéricamente en foros, sumándolos a los taxistas y a los francotiradores en mi lista de profesiones odiadas. Leí mucho sobre mecánicas diesel de paso.
Y, de pronto, ocho meses después, la soldadura se abrió tal y como predijo el mecánico. Los mismos síntomas: vibración, pérdida de potencia, salpicaduras de gasoil. Esta vez ya sabía lo que fallaba, así que acudí al servicio técnico, me compré un tubo de inyección por veinte euros, y lo monté en una horita.
La conclusión à la Paulo Coelho sería algo como: durante meses creí que me habían estafado ochenta euros, pero la verdad es que me habían permitido ahorrármelos en el futuro.
La conclusión à la moi es que si los muy hijos de puta no me hubieran cambiado un manguito por un tubo de goma tal vez podría permitirme una conclusión à la Paulo Coelho. Así que recuerden: los mecánicos viven del cociente entre el desconocimiento sobre mecánica del cliente y su cercanía social. Sean amigos o parientes de sus mecánicos. Es una mafia. Pero es una mafia del conocimiento. Es lo que hay.